Primer Viaje

“Durante nuestro primer viaje, no sabíamos absolutamente nada. Habíamos oído, y leído hasta la saciedad las condiciones extremas en que se encontraban el resto de los planetas; el nuestro era un auténtico regalo. Pero hasta que no te enfrentas cara a cara con aquello que has oído, no sabes realmente lo que significa. Entre Júpiter y sus lunas, al borde de la muerte, decidimos que la mejor opción era desaparecer lo más rápidamente posible. Si hubiéramos caído en los profundos mares de Europa,de más de 100 kilómetros de profundidad,  quizás, hubiéramos sobrevivido lo suficiente como para contemplar nuestra propia muerte; la verdadera soledad, sin un alma viva en millones de kilómetros, de años luz. Sólo nosotros cara a cara con el fin. Sólos, descendiendo por las aguas, metros, y metros y metros, sabiendo que nuestra muerte sería…¿por descompresión? ¿Por inundación? Podrían mis labios saborear las aguas de la luna, antes de perder la consciencia en el infinito? No. Decidimos precipitarnos hacia Júpiter, y sus tremendos huracanes; su atmósfera opaca. No veríamos nada, mientras moríamos, y si había suerte, no sentiríamos nada.

Sin embargo, lo único cierto es que no vimos absolutamente nada. Mientras descendíamos hacia su atmósfera, tuvimos la mala suerte de que nuestra nave resistió lo suficiente, como para oír el ruido ensordecedor que aquellos vientos. Nos acercábamos a aquella masa colosal de aire, mientras nuestros cuerpos se enfriaban por el terror; absoluto pavor. No por nuestra inminente muerte. Sino por la inmensidad hacia la que nos estábamos dirigiendo. Hacia unos vientos mortales, un planeta miles y miles de veces más grande que nuestra tierra, y absolutamente opaco. Algo tremendo, enorme, colosal, gigantesco. El verdadero pavor a lo desonocido; recuerdo que se me pasó por la cabeza la misma sensación que se tiene cuando uno no sabe nadar, y se encuentra en unas aguas oscuras, intentando hacer pie…..pero no llega; haciendo movimientos desesperados con los pies, con la esperanza de posarlos en alguna roca; sin embargo con absoluta certeza de que bajo nuestro cuerpo no hay más que  oscuridad, y absoluto vacío. ¿Cuando llegaría nuestra muerte? ¿A qué distancia del huracán? De un huracán del tamaño de varias Tierras..Miles y miles de kilómetros de huracán…

A medida que nuestra nave avanzaba, poco a poco, el sonido era aún mayor. Insoportable. La nave vibraba cada vez más, y podíamos sentir en nuestra piel la fuerza de aquella corriente que nos haría desaparecer en el olvido. Y de pronto, un hálito de desesperanza recorrió mi cuerpo, teniendo en cuenta la desastrosa posibilidad de sobrevivir el tiempo suficiente, como para sentir en todos mis huesos la fuerza de aquel viento. Pero no fué así.

Segundos después, todo cesó. El sonido fué alejándose poco a poco, poco a poco, y cada vez más rápido, hasta no oir más que un pequeño zumbido lejano. La nave dejó de vibrar, y comenzamos a caer, ó eso sentíamos. ¿Sería posible que nuestra nave hubiera aguantado las presiones colosales, y los enormes vientos que roeaban el planeta?.  Todo estaba oscuro, y no se veía nada. Si mi teoría era cierta, no veríamos absolutamente nada. La poca luz de sol no llegaría hasta el centro del planeta. No veríamos nunca nada más. Para nuestra desgracia, habíamos sobrevivido, y la sensación de caída, era cada vez mayor.

Otro hálito de desesperanza alcanzó nuestros corazones, cuando recordamos que la masa planetaria de Júpiter era muy pequeña, ya que todo era atmósfera. absolutamente todo eran gases. Si mi teoría era cierta, no sólo viviríamos (ó moriríamos) en oscuridad, sino que estaríamos horas cayendo, días enteros cayendo; cada minuto a una velocidad mayor…velocidades exponenciales. Nuestra sensación de caída se acrecentaba. Alcanzaríamos una velocidad supersónica en pocos minutos, para desintegrarnos en la superficie rocosa del planeta…ó lo que hubiera allí abajo. ¿Aguantarían nuestros cuerpos tanta aceleración? Por supuesto que no. sin embargo, gracias a nuestros trajes especiales, la sangre recorría por igual nuestro cuerpo, sin verse afectada. Eso supondría horas y horas de tortura, hasta que nuestros propios trajes nos aplastaran lentamente, intentando contrarrestar las presiones acelerativas.

El dolor comenzaba a ser insoportable. No sabía exactamente el estado de mi cuerpo; completa oscuridad, y presión insoportable. Mis sentidos estaban saturados. No sabía si mis vísceras ya estaban aplastadas, si me salía sangre de la boca….si la oscuridad ya era debida al estallido de los globos oculares. Sólo sentía dolor, presión, caída, oscuridad……muerte. No podía siquiera moverme para desconectar el traje; eso hubiera supuesto la muerte instantánea…mi salvación. Pero estaba completamente inmóvil. No teníamos siquiera fuerzas para gritar.

No podía soportar la idea de estar horas así.

Todo acabó. Silencio absoluto. Oscuridad absoluta. Lo siguiente que ví, fue una luz intensa, y la Tierra. Si, la Tierra. La nave se dirigía a gran velocidad en su dirección . Y aquel planeta, de manera casi imperceptible, se hacía más, y más grande. De alguna manera incomprensible, todo había acabado. ¿Ó no?. La nave viajaba a la deriva, atraída por alguna fuerza, pues los instrumentos no funcionaban. Nada funcionaba. No quería ni imaginar el estado exterior de la nave. Y mi cuerpo….no me podía mover. Sólo los ojos. Y doy gracias, porque si hubiera podido mover la cabeza, hubiera visto al resto de mi tripulación repartida en pequeños pedazós; sangre por todas partes; restos humanos, y un sólo cuerpo entero. El de mi copiloto. Con una expresión de terror perpetua, inmortalizada en su cara inmóvil.

Todo aquello me lo contaron. Fuí el único superviviente de la expedición. De alguna manera incomprensible, todavía hoy estudiada, salí de aquel infierno, y llegué a la Tierra. Recogieron mi cuerpo de entre los restos de una nave, casi carbonizada, y hecha pedazos, cuya estructura no era más que un amasijo de hierros. Aún hoy se preguntan cómo conseguí llegar a la tierra. Lo único que me protegió en todo momento fué mi traje espacial….especial.

Tras dos años de recuperación y rehabilitación, pude reincorporarme a la división de exploradores espaciales (AED-Aerospatial Explorer Division). La única razón de aquello, mi experiencia en Júpiter. Mis trastornos psíquicos y físicos, secuelas inevitables, me hubieran impedido volver a la División. Sin embargo, por algún motivo, me lo pidieron. Y yo, por alguna otra razón, acepté. Ellos sabían algo que  intentaban ocultar a toda costa, pues desde aquel día, la inversión en Júpiter se cuadruplicó, y me convertí en el centro de todas las investigaciónes.

Hoy, después de todo lo que he pasado en el resto de misiones, tengo pesadillas con aquel ruido ensordecedor, aquel viento, huracán….mensajero de la muerte. La oscuridad, en ocasiones, me da pavor, y no consigo quitarme todas aquellas sensaciones que viví. Las recuerdo día a día. Sin embargo, las posteriores misiones casi suicidas a las que me sometieron, parecieron juegos de niños. Habían conseguido un individuo que mantuviese la frialdad en todas las situaciones. Y eso me salvó la vida (y las de mis compañeros) en posteriores intentos de colonización. Un héroe de cara al público, y un hombre desmoronado, de cara a la intimidad. Aquel fué mi bautizo espacial. ”

 Extraido de “El espacio profundo: la mirada de las hormigas” de Nathanel York.

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